sábado, julio 07, 2007

El Puente

Nadie cercano a él había muerto. No sentía por lo tanto obligación alguna en acompañar a su madre al panteón, a rezar por sus muertos. Mejor, decidió, le inventaría cualquier excusa, no era necesario que fuera muy creíble, pues ella jamás caía en la trampa, simplemente aceptaba sin chistar que Adolfo no quería acompañarla, como ocurría desde hacía años.

De todas formas, Adolfo no dejó de pensar en la muerte. En lo cerca que parecía gustarle a su madre estar junto a los muertos. A veces ella parecía una muerta. Claro que también pasó por su mente la imagen de verse en su funeral y el juego de contar a las personas que estarían ahí. No eran muchas. De hecho, eran tres, su madre y los dos empleados de la funeraria. Por que tenían que ser dos, uno alto, estúpido y flaco y otro bajito, gordo y gandalla, que es el que saca la botellita de aguardiente una vez que terminan de medio rellenar la fosa.

Su madre lloraría desconsolada, y al terminar, unos tres meses después, dispondría de los escasos bienes de Adolfo y de su cuantiosa cuenta bancaria. Quzás regresaría a su pueblo y se quedaría ahí hasta, precisamente, morir. Morir, morir, morir. Todo mundo se muere.

No había ya nadie en la oficina, las computadoras estaban todas apagadas y ni siquiera la persona de la limpieza pasó ya por el pasillo. Así pues, todos los demás aprovechaban al máximo el “puente” del día de muertos. Sin un lugar a dónde ir en pleno viernes en la noche, sin trabajo qué adelantar en la oficina, pues hasta el servidor de la red de computadoras descansa por mantenimiento, a Adolfo se le ocurrió una idea.

Las corrientes de aire eran muy fuertes allá arriba. A Adolfo siempre le había llamado la atención este viejo puente que ya nadie usaba. Cuando en familia pasaban sus padres y él por la avenida desde donde se ve el puente, Adolfo soñaba con que un buen día se le ocurriera a su papá estacionarse cerca, bajar los tres hacia la orilla del río y tener un picnic como lo veía en las revistas. Y así se le quedaba esa imagen fija en su mente hasta que llegaban al cuarto que habitaban, y escuchaba a sus papás discutir, destruír cosas y hacerse daño, tanto daño que a sus seis años él se desligaba de ellos y no los veía como padre y madre, sino como dos perros de la calle peleándose, desgarrándose y aquellos dos padres felices que le ofrecían pan con mermelada en el tendido sobre el césped al pie de aquel puente eran sus verdaderos padres, que sólo vivían en sueños.

Desde la barandilla se podía ver bien aquel rinconcito, ya ahora oscuro, lleno de basura, agua putrefacta y llantas viejas. Pero a Adolfo no le costó mucho ponerle un día soleado, las flores y el pasto verde, la abeja que asustó a papá e hizo que todos rieran. Los pilares del puente, ahora moles de concreto llenas de grafitti, fácilmente se convierten en la imaginación de Adolfo en las columnas protectoras altísimas, majestuosas que podía ver desde abajo, para preguntarle a su papá cómo le hacían para construírlas.

Ese era el recuerdo perfecto para llevarse consigo. Estaba listo. Víspera del día de muertos, un viento que arrastraba hacia él recuerdos hermosos de cosas que sólo soñó y un aroma a nada, a vacío.

Adolfo se soltó de la barandilla, y extendió sus brazos. El viento lo impulsó hacia atrás, como queriendo alargar los recuerdos unos segundos, unos segundos, unos segundos.

Adolfo acompañó a su mamá al cementerio por última vez, y ella sin darse cuenta, le extiende desde entonces el brazo ofreciéndole un pan con mermelada, como en las revistas.

2 comentarios:

mario dijo...

Nice, muy bueno, me gusto mucho mayestro.

Saludos!

mario dijo...

muy bueno mayestro...me gusto mucho,

Saludos desde la ciudad de puentes colgantes...sin agua.